Azul.
Sujetabas mi mano
porque era pequeña y la vida
me quedaba demasiado grande.
No sé explicar mis 22 años
si no es contigo cosida
a cada recuerdo cotidiano:
desayunar, poner la mesa,
sentarme en el sillón,
lavarme los dientes,
entrar y salir de casa
o escucharte decir, cada noche,
¿qué ponen hoy en la tele?
Sujetabas mi mano,
me acompañabas al colegio
en el asiento de atrás del coche
y, por aquel entonces,
yo no sabía qué significaba
desaparecer.
Tampoco lo sé ahora.
No sé aceptar la lejanía
de alguien que siempre va a estar cerca.
Lo que amamos nadie debería
arrancarlo nunca de nuestro lado
mientras estemos jugando
a esto de existir.
Blanco.
Olor a hospital.
Suelos que pisan fantasmas.
Habitaciones prestadas.
Cuerpos de paso.
La calefacción no basta,
todo es extremadamente frío.
Me cruzo con él en el pasillo
y pienso que es demasiado joven
para mirarme con tanta tristeza.
Ella ya no es ella,
no puede mirarme.
Los colmillos de la vida
arden
en una habitación de paso.
Gris.
Hace mucho frío fuera de la habitación.
Me meto las manos en el corazón y
tampoco encuentro calor ahí dentro.
Los versos de hojalata van rodeando mi nuca.
Todo se ha parado en esta intersección.
Junto los pies, aprieto los labios,
me siento en la acera.
Todos son ajenos a todo.
Todos somos
nadie más.
Todo sigue, paso a paso.
Este sol me da asco.
Morado.
Se va mientras algo está naciendo.
Como si algo demasiado grande buscara su hueco.
Se tocan los días más felices
y más tristes de mi vida:
Un llanto en la espalda de la oscuridad
y otro en el vientre de la luz.
Me siento pequeña y torpe
por no haberte enseñado a tiempo
lo que he podido llegar a ser
cuando estabas conmigo.
Negro y marrón.
Tengo dos colores
extendiéndose sobre mí.
Negro.
Marrón.
Tengo un sonido:
una puerta que se cierra.
Y otra.
Una puerta se cerraba
y ni siquiera estabas ahí
para poder mirarte por última vez
mientras te marchabas
no sé
sintiendo qué
o llegando hacia dónde.
Te marchabas rápido, desnuda,
con las alas aberiéndose en el estómago.
La puerta se cerró.
Primero negro
y luego marrón.
Tú te expandías
sobre todo.
Azul oscuro.
Ya no sujetas mi mano.
Sujetas mi alma
porque vuelvo a sentirme pequeña
y la vida se me queda demasiado grande.
La puerta se cerró
pero
aún me pregunto
si esa era una forma de ver
cómo te marchabas
o cómo te quedabas,
definitivamente,
para siempre.