En todas partes
hay
nada
y
nadie.
Si acaso
un zarpazo inesperado,
un sabor confuso a eternidad
que acaba derramándose.
En alguna esquina de la nada
hay alguien
que sube las escaleras
de dos en dos
y estira los brazos
para tocar
qué.
En el fondo de la botella
siempre espera el desierto.
Más allá de todos los timbres
vibra el temor
a que no suenen nunca.
En el centro
de un corazón ronco
gravita el miedo a que
no se enciendan las luces,
a que los invitados
no lleguen a la fiesta,
el miedo a los telediarios,
a las iglesias,
a esperar
a nadie
en la pista de baile
mientras un bombardeo de vidas ajenas
comienza a acariciar la música.
En cualquier sonido
hay un silencio de ceniza,
una puerta mal cerrada
que cruje
frente a todos los espejos.
En todos los precipicios
siempre hay un cuerpo
que crea
y destruye
y busca.
La cuestión no es
dejarse caer
o elevarse.
La cuestión es tener
un lugar
donde hacerlo.



